3.4. Germán Pardo García: De las profundidades del espíritu a la inmensidad del universo

Este texto aborda la obra de Pardo García que llega hasta el año 1955. Los libros en cuestión son: Acto poético, 1953; Antología  poética, 1944; El Árbol del alba, 1928; Los canticos: poemas, 1935; Claro abismo, 1940; Los júbilos ilesos, 1933; Lucero sin orillas, 1952; Poderíos, 1937; Poemas contemporáneos, 1949; Presencia, 1938; Sacrificio, 1943; Los sonetos del convite, 1935; Los sueños corpóreos, 1948; U.Z. llama al espacio, 1954; Las voces naturales, 1945; Voluntad: poemas de Germán Pardo García, 1930. Se tuvo en cuenta algunas miradas de la crítica especializada, entrevistas y textos hechos por el mismo autor. Se indagó en el contexto, fundamentalmente en lo concerniente a su biografía, se revisaron aspectos lingüísticos y literarios, los temas principales de su obra, las preocupaciones recurrentes, etc., para observar la evolución, elementos comunes y propuestas novedosas en su poética, tratando de establecer a grandes rasgos algunas características en la poesía Pardo García durante su primera parte, sin pretender reducirla o definirla  sino meramente esbozarla.

 

2.1.1.     Datos biográficos[1]

Germán Vicente Pardo García Esponda nace el 19 de julio de 1902 en Ibagué, (Col) y fallece en Ciudad de México, D.F., (Méx.) el 23 de agosto de 1991. Algunas biografías (Vargas, 2004), (Ocampo de, 1965: 219-20), (Ocampo de y Prado, 1967: 273-4) erróneamente colocan como lugar de nacimiento a Choachí, Cundinamarca (Col.) debido a que a este poblado llegó a vivir desde muy pequeño. Germán Pardo García afirma, sin embargo, en una carta enviada al profesor James Willis Robb, de la Universidad de George Washington, con fecha 30 de septiembre de 1967:

Nací en Ibagué. Pero como a los dos años quedé huérfano, el magistrado Pardo se trasladó desde esa ciudad a Bogotá y sus pequeños hijos los envió al pueblito de Choachí […] ‘No quien naces sino con quien paces’ dice el sabio refrán español. Soy pues de Choachí. Ibagué es una hermosa ciudad de Colombia, pero para mí nada quiere decir (Robb, 1998: 38).

Recién nacido sufrió mielopatía[2], quedando paralizado por completo, los médicos pronosticaron su muerte temprana. Milagrosamente se recupera después de muchos tratamientos. El 11 de junio de 1905 su madre muere al dar a luz a su hermana Julia. Esto hizo que fuera enviado a Choachí  (Cund.) al cuidado de su nodriza Lucía Acosta. En medio de los páramos, las montañas y la espesa bruma vive su infancia, acostumbrándose a la soledad. Su nodriza es una religiosa y mantiene contando historias de fantasmas, diablos y muertos que marcan para siempre a Pardo. Después su padre se casa con Ester Piñeros Encinales, la nodriza que ha reemplazado a Lucía pasando a ser su madrastra. En 1914 entra al Colegio San Bartolomé pero lo abandona sin concluir sus estudios. En 1918 su poema “Noche triste”, un romance octosílabo, es publicado en la Revista Semanal El Literario de Diego Uribe con un comentario que decía “Niño de 14 años”. El 28 de noviembre de 1918 conoce al poeta Carlos Pellicer con quien sostendrá una marcada amistad que lo llevará hasta México, donde residirá desde 1931. A Ibagué volverá por única vez en el año 1928. Sólo publicó en Colombia un libro: Voluntad en 1930, todos los demás fueron publicados en México. Dirigió por muchos años la gaceta literaria Nivel. Es considerado uno de los poetas más prolíficos de Latinoamérica y fue puesto en consideración como candidato para obtener el Premio Nobel por la Academia Mexicana de la Lengua y algunas instituciones colombianas.

 

 

2.1.2.     German Pardo y los “Los Nuevos”

Germán Pardo García perteneció a la generación de “Los Nuevos” (Nacidos entre 1894 y 1910) cuya “sede” se centró en el café “El automático”. Sus fundadores fueron León de Greiff, Felipe y Alberto Lleras Camargo. Pertenecieron a este grupo Juan Lozano y Lozano, Rafael Maya, Germán Arciniegas, Eliseo Arango, José Enrique Gaviria, Abel Botero, Jorge Zalamea, Francisco Umaña Bernal y Luis Vidales. Según Zalamea:

La nueva generación pretendía que la obra literaria de las anteriores -y muy especialmente la del ‘Centenario’- adolecía de dos graves defectos: una especie de falso romanticismo que se expresaba en la predisposición a simular buenos sentimientos y cierto provincianismo que les hacía vivir ausentes de las más hondas y complejas preocupaciones del mundo contemporáneo (1978: 591).

Editaron la revista homónima entre junio y septiembre de 1925 cuya tendencia modernista deriva de lo más actual en la Europa de su tiempo. Se dieron a conocer en los años 20´s en plena euforia de las vanguardias. Este grupo protestaba contra el modernismo parnasiano y simbolista, el romanticismo, el realismo, el naturalismo y el costumbrismo. Pardo García es considerado como parte de esta generación debido a que sus inicios como poeta coincidieron con la formación del grupo.

 

 

2.1.3.     ¿Poeta que se repite o que se renueva?

Algunos críticos manifiestan que Germán Pardo García es un poeta que se repite en cada libro y que sus preocupaciones nunca cambian (Gicovate, 1964: 591); Francisco Aguilera, refiriéndose a Pardo dice que: “no poet can write so much without repeating himself,  unless he says nothing” (1941: 371). E.C.C. (¿Eduardo Caballero Calderón?) habla de la poesía de Pardo como si fuera un solo poema: “procurara renovarse, complicarse, dar mayor variedad a los asuntos poéticos y a la manera de tratarlos. Porque, entre tanto, sólo puede decirse de él que es un gran poeta, un poeta impecable, pero un poeta de un único poema” (1938: 332). Otros críticos son más crueles: “Su exaltación de misterios y angustias es la de un Narciso que se siente titán…” (Anderson-Imbert, 1996: 194-5). Por el contrario, algunos afirman que es un poeta que siempre está cambiando, este es el caso de Gerardo Valencia quien observa que “se renuevan constantemente los temas” (1973: 10); Octavino Valdés en su reseña a Poemas contemporáneos dice “entre los mejores elogios que su poesía merece está el de ese impulso de renovación que lo obliga a buscar la belleza bajo nuevos ángulos y nuevas formas” (1950: 535).  Andrés Holguín lo que ve en la asiduidad de sus temas es la capacidad del poeta para crear una unidad y un universo propio: “Voluntad, Los júbilos ilesos, Los canticos, Los sonetos del convite, Poderíos, Presencia, Claro abismo, Sacrificio, son libros de incomparable belleza que, no obstante las diversas modalidades que los caracterizan y los diversos estados anímicos que revelan, conservan una clara unidad, un mensaje común” (1954: 150).

 

 

2.1.4.     Temas y fuentes de imágenes

La poesía de Pardo García alcanza una extraña mezcla entre lo clásico y lo moderno.  Su voz lírica se mueve entre el cielo y la tierra, entre lo más hondo de su ser y la inmensidad del cosmos. Entre sus múltiples temas está la soledad, el amor, la muerte, la naturaleza, el espíritu, la guerra, la humanidad, la ciencia y la tecnología, tratados a través de diversas formas, siendo la más relevante el soneto. Mary Elshoff Arenas en su tesis doctoral (1971) aborda de 1930 a 1969 las temáticas principales en la poesía de Pardo García en 4 grandes grupos: el primero es el amor, tanto divino como humano, el segundo tiene que ver con la naturaleza, el tercero con su propia alma y por último, con la humanidad. Vargas (1994) divide la producción de Pardo García en dos etapas: La primera que se ciñe a formas y temas tradicionales y la segunda, en la que se han encontrado audacias expresivas, incorporando un nuevo vocabulario y difusas materias de las ciencias y de la agitación contemporánea. O reitera visiones de abismos con metáforas cósmicas. David Lewis Dickson (1974) en su disertación doctoral, estudia, según él, las 4 principales fuentes de imágenes en la poesía de Pardo García hasta los años 70´s. Para este autor las fuentes de imágenes de las que se nutre el poeta son: la tradición judeo-cristiana, el panteísmo, la mitología greco-romana y la tecnología moderna. Estos dos estudiosos demuestran que Germán Pardo García efectivamente tiene unos temas que le son transversales, por ejemplo: la naturaleza, la soledad, la muerte, el amor, el panteísmo, entre otros, y que su forma predilecta es el soneto, sin embargo, muy al contrario de lo que opinan algunos de los críticos que sólo han estudiado su obra de manera parcial, el poeta Germán Pardo evoluciona, se modifica, y se transforma a través de su obra. Germán Pardo en la carta que envía al profesor Lewis el 9 de noviembre de 1971, al referirse a la columna vertebral de su obra, sostiene que: “La esencia de mi obra es el cosmos, en todas sus dimensiones grandes y pequeñas” (Dickson, 1974: 280). En los poemas de Pardo se denota una intención por entender el universo como una totalidad y la posición del hombre dentro de ese universo. El universo es visto como un misterio, como algo inexplorado.

 

 

2.1.4.1.                    Naturaleza y Panteísmo

 

La naturaleza con su infinita variedad de formas y de belleza, se convierte en una fuente inacabada de inspiración que le sirve  para mostrar  los conflictos humanos. Pardo describe paisajes que le son comunes, familiares. Haber vivido sus primeros años de vida en medio de páramos, mesetas y ambientes de naturaleza ruda, marcó de manera definitiva su poesía:

Yo nací entre vosotros, compañeros agrícolas.

Reconocedme en la nervadura de mis manos curvadas

como la garra de una hoz.

Desde vuestra sencilla apariencia toscas, amables montañas

gobernáis mi destino sobre la tierra inteligente;

y el viento, educador de mis sentidos vegetales,

a vosotros, barbados como árboles antiguos, suavemente

me induce  (1954: 65).

Así como los románticos reflejaban sus estados de ánimo a través de la naturaleza, es frecuente que el poeta use elementos de la naturaleza para expresar los sentimientos de su yo lírico:

Un viento sopla, allá sobre los árboles,

a la divina luz del novilunio.

Oigo gemir ese aire y se estremece

de asolación mi espíritu (1937: 44).

 

Las estaciones como la primavera y el otoño son usados para mostrar las impresiones del poeta. Un claro ejemplo son los poemas “Otoño vida”  y “Desolación de la primavera” en Presencia (1938). La naturaleza cuando es percibida de manera rústica o la misma naturaleza es agreste, representa los conflictos internos del alma humana. Por tanto, la naturaleza sirve para definir rasgos psicológicos del yo poemático. También usa imágenes como los cactus, los riscos, las lluvias, los pantanos y el desierto para exponer las angustias que padece; por el contrario, en otros poemas,  exalta la belleza de la naturaleza con descripciones que revelan su sensibilidad:

Naranja que suspende

sus rojos hemisferios,

de un ángulo en la curva

sin límites del sueño (1947: 23).

El poeta a través de sus sentidos percibe los aromas, los sabores, los colores y los sonidos de la naturaleza, descubriendo o evocando los misterios o afinidades que encierra el universo; clara herencia simbolista que traza las correspondencias ocultas entre los objetos sensibles, prueba de dicho influjo es que Pardo dedicara un poema a Baudelaire. La voz poética logra encontrar y relacionar secretas afinidades entre el mundo sensible y el mundo espiritual.  Algunos ejemplos son las elegías que el poeta hace al color, al tacto, al sonido, etc.

Colores: habitad cual repentinos iris

en la sumida esencia

de los cuerpos

que lo abstracto en su íntima densidad aprisiona (1947: 63).

En este sentido la naturaleza y la conciencia humana son en realidad dos expresiones de lo mismo. El poeta puede buscar el “espíritu universal” tanto en la naturaleza como en su propia mente:

Ya mi cuerpo tenazmente se aferra

como un árbol al seno de la tierra

Veinte años he vivido

y de la universal entraña

me he nutrido,

como árbol de la montaña (1930: 25).

La tierra es vista como principio y fin, a la tierra todo va, de la tierra todo viene, siguiendo la famosa frase “Memento homo, quiapulvis es, et in pulverem revertis”[3], de ahí que lo telúrico sea esencial en la poesía de Pardo García:

A ti, siempre hacia ti, tierra cercana.

A ti los movimientos de la vida

y la última sombra detenida

un instante en la luz de la mañana (1940: 35).

La muerte se convierte en un estado de integración del ser humano con la tierra, es un regreso al estado primigenio, al origen de la vida. La unión entre cuerpo y naturaleza se evidencia en el poema “La culpa”:

Yo he dicho: no podrá

borrar mi vida el soplo de la muerte,

porque mi cuerpo habrá de transformarse

en flor, en aire, en luz (1930: 100).

La muerte no es algo definitivo sino un tránsito en el devenir cíclico de la materia que se transforma infinitamente. El ser humano se integra con el cosmos infinitamente, erigiéndose la idea de la reencarnación:

He de tornar al Ser súbitamente,

como estrella un instante separada

de su constelación, y limpiamente

a su órbita de luz incorporada (1933: 39).

Siguiendo a los románticos, la naturaleza ya no es un simple objeto, un todo mecánico, sino un todo orgánico,  vivo.  El poeta se resiste a convertirse en una pieza más del engranaje y reclama su individualidad,  su capacidad creadora y transformadora interior. Esta unión con la naturaleza hace que el yo lirico se sienta un huésped, adquiriendo la condición de ser parte del todo, integrado:

de la naturaleza seré un huésped arcano y tranquilo (1945: 22).

Esta comunión con la naturaleza que se ha venido planteando es alimentada en su poesía por la doctrina filosófica del panteísmo:

Mi casa llena está de la alegría

universal, y el corazón alerta

a todo lo que pasa por la puerta  (1935: 35).

El panteísmo es una doctrina filosófica monista según la cual el Universo, la Naturaleza y Dios son equivalentes. El mundo y Dios son uno solo. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE) la palabra Panteísmo proviene de griego πᾶνpan-, que significa todo,  el gr. θεός (theos), que significa Dios, e -ismo. Lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos se representa en Dios. Lo divino está presente en todas las cosas. Esta teoría considera que no cabe establecer una distinción radical entre Dios y la Naturaleza:

Te presentía en mis nativos valles,

cuando la savia universal circula

más honda por los días y los seres,

y en su fuerza confía el corazón (1945: 11).

En Germán Pardo García habitan diversos matices del panteísmo. Según Dickson hay cuatro manifestaciones panteistas: “These four manifestations of pantheism (harmony of man and nature, the metamorphosis of nature, the interchage of attributes between man and nature, and the union of the two) (1974: 90).

Antes no me preguntaba y mis sentidos

se dirigían hacia el universo,

únicamente para escuchar y contemplar (1952: 54).

En algunos casos el hombre es un observador de la naturaleza; por ende, hombre y naturaleza son organismos separados. Esta dualidad se acaba al darse la integración a través de la hibridación entre lo humano y la naturaleza, en donde atributos de uno y otro se mezclan de manera indisoluble como un todo orgánico; el hombre está plenamente inmerso, armonizado con ella y los elementos contrarios se unen armónicamente:

Mujer naturaleza: así te llamo,

porque a través de tu unidad comprendo

la oculta geometría de las cosas;

la furtiva inocencia de los ciervos

y la ductilidad del girasol  (1945: 11).

En varios poemas de Pardo la mujer es un ente híbrido con la naturaleza, bien con elementos minerales o vegetales. Algunos ejemplos son: mujer trigo, mujer lluvia, mujer-mar, mujer oceánica, mujer-tierra. En el poema “Al volver de los bosques” el hombre y el árbol también son integrados alcanzando la hibridación:

…árbol-hombre de columnarias piernas,

tronco central de musculosos nudos

y arquitectura de ramales brazos,

se cubriría inmensamente de hojas parecidas

a la cabellera de una mujer flotando al viento

sobre el dintel generador del valle! (1952: 92).

El poeta Germán Pardo también intercambia cualidades de una entidad a otra:

Y aquellos ríos caminantes nubes

Y aquellas nubes elevados ríos (1954: 111-2).

La figura literaria de la prosopopeya o la personificación es usada frecuentemente en su poesía, caracterizando realidades no humanas con propiedades, atributos o características humanas:

Empezó mi afinidad con las casas en donde el viento

abre las puertas sin más ruido

que el de los viejos goznes

y las arruinadas maderas.

Yo mismo algunas noches las abría,

y el viento por sobre mis hombros

miraba, como yo, interiores abandonados…(1952: 78).

Con
este intercambio de propiedades, el hombre y la naturaleza comparten cualidades físicas pero también espirituales. Esta permuta también se puede dar al contrario, siendo el hombre quien adquiere atributos que son propios de la naturaleza:

Por eso a ti, incrustada en las escarpaduras de mi cuerpo solo,

mujer casi luz sólida, te identifico llamándote,

por la sensación física de remota hoguera que me causas

y por el deslumbramiento en que me envuelves,

último sol sobre las cumbres (1952: 114).

La figura literaria del epíteto es usada por Pardo para resaltar las características intrínsecas del sustantivo, relacionando de manera positiva al hombre con la naturaleza o exaltar los atributos humanos, también para mostrar cosas trágicas:

Y con el alma absorta como un día oceánico;

con la fuerza del mundo descansado en mis músculos;

con la unidad de todo lo que a la tierra vuelve,

el pecho-girasol se inclinará al silencio,

y bajará a mi rostro la claridad que inviste

las desoladas piedras que están sobre las cúspides (1943: 28-9).

En algunos poemas la unión entre el hombre y la naturaleza adquieren un matiz sexual:

Otros días fue la tierra solidaria y la que aceptó mi silencio,

escrito vagamente por mí sobre las formas,

mientras como un amante conocía

los sitios más ocultos de las selvas,

subyugándolas bajo mi cuerpo

con el equilibrio que dan las consumadas posesiones (1952: 48-9).

 

 

2.1.4.2.                    Amor

 

En el libro Voluntad de 1930 el poeta inicia su excursión por el amor con poemas como “La niña de las flores” en donde habla de un amor juvenil comparado con un elemento natural como son las flores:

Té venías de la infancia

y en los cabellos dorados

había todo el aroma

de la flor de los naranjos (1930: 17).

En su siguiente libro Los júbilos ilesos (1933) amplía su mirada hacia el amor, exaltándolo de una manera placida, mostrando cómo este sentimiento logra sacarlo de la oscuridad y llevarlo hacia altas claridades. El poeta hace uso de “símbolos ascensionales y espectaculares” (Durand: 1982) exponiendo a lo alto, a lo que está arriba, a la luz, a la purificación, la blancura y todo lo que se eleva hacia la luz de manera positiva. El amor no es vivido naturalmente sino como la ascensión a un estado superior de conciencia. Este sentimiento lo ilumina, lo llena de gozo, alegría y sosiego, alcanzando estados contemplativos de elevación, de ascenso espiritual, por esa razón relaciona el amor con imágenes de luminosidad, claridad y luz:

Y amor hallé en tu goce y por ti mismo,

oh ser, cayó la sombra de mis abismos

y alzáronse mis altas claridades ( 1933: 73).

En el libro Los Canticos (1935), el poeta escribe varios poemas relacionados con el amor como son “A la gloria del amor”, “Soledad del amor”, “Tránsito del amor”, “Silencio del amor”, “El amor es sólo un cantico”, “Perfección del amor”, “Los lirios de la pasión”, entre otros. En este libro es el alma o un estado psíquico el que dialoga con un amor idolatrado, un amor que clarifica el espíritu. Se le canta a un amor abstracto, un amor que lo acompaña en su soledad, un amor universal:

A la luz de un claro albor

que les deslumbra la veste,

se oye el dialogo celeste

del alma con el amor (1935: 78).

En Los sonetos del convite (1935) el poeta pasa de la embriaguez por la alegría de un posible amor total a la desilusión por culpa de un amor frustrado, relación que es metaforizada con un banquete, no de alimentos sino de un amor servido a la carta, pero como todo convite no queda nada, sólo sobras:

Nadie dirá que en esta misma mesa

fue servido el convite apasionado;

ni que en el vivo cáliz humanado

estuvo el agua de la vida ilesa (1935: 24).

La desilusión por el amor carnal continua en Claro abismo (1940), en la sección titulada “Pausas de amor”, en el poema titulado “Al olvido”, el poeta deja entrever que ahora sus búsquedas amorosas se centrarán en lo “inmenso de las cosas sepultas” y “los pálidos delirios” (Pardo: 1940, 65). En el texto 2 “A una mujer”, se refiere a ella con cierto desprecio, en versos como “eternidades se hunden en tu nada”, “mujer deshabitada” y “la sombra que me diste” (Pardo: 1940, 69).  A partir de estos textos el poeta se ubica en lugares oscuros desde donde habla y desde donde parece sentirse cómodo:

Pues te escucho, después de la distancia,

en tus voces de acentos submarinos

y en mi angustia que mira hacia la muerte (Pardo: 1940, 74).

El poeta se vuelve taciturno, subterráneo, sombrío, melancólico, se ubica al lado de la muerte y de las sombras para referirse a los sentimientos amorosos:

te espero en unos golfos enlutados

adonde nada de la vida llega (1940: 81).

En algún instante la voz lirica siente que ya no puede estar del lado de la luz y se interna en la oscuridad que lo acoge sin miramientos, en ese momento su lenguaje cambia hacia “símbolos de caída o catamorfos” (Durand: 1982). Caída que tiene implicaciones físicas y espirituales. En dicho trasegar adquiere conciencia de la mortalidad del ser humano. Ser expulsado del paraíso implica efectos dolorosos. Conoce el sufrimiento, la precariedad, el dolor y la muerte. Paradójicamente cuando el poeta se ubica en el lado oscuro se le hace más fácil admirar la grandeza de la vida. En este sentido hay una marcada relación con la simbología cristiana, lo que está arriba es sagrado y lo de abajo, profano. El amor es visto por el poeta con un matiz religioso pero sin serlo, mostrándolo como una virtud que trae consigo toda la bondad, la ternura y la compasión humana.

En Sacrificio (1943) el poeta renuncia definitivamente al amor físico: “desterrado del turbio  corazón de los seres” (1943: 23),  sacrificándose pero logrando entrar en comunión con la naturaleza, no se trata de una unión corporal con otro ser sino de la tierra con su espíritu. El amor que profesa ahora es hacia la vida. Una demostración de lo expuesto es su poema “Mujer naturaleza”, en donde la naturaleza toma forma femenina desde la cual él puede comprender “la oculta geometría de las cosas” (1945: 11).

El yo poemático trasciende del amor carnal al amor espiritual. Decide cantarle al amor universal, ya no encarnado en un cuerpo humano sino al amor mismo, regidor de todo el universo, es decir que no se trata de un amor concreto sino de un amor conceptual, abstracto, universal, sublime; un amor cercano a la  divinidad con el cual logra expresar cierto éxtasis, cierta iluminación, el nirvana, el júbilo total.

Su poesía en esta etapa logra una conexión absoluta con el universo como manifestación de Dios. El amor es pues para el poeta un estado  o manifestación de la mente y del alma, que adquiere un sentido divino, por ende, es el amor íntimo, asexual, el que sirve para establecer su unidad con el cosmos, con Dios mismo. Desde el punto de vista panteísta, él poeta asume que este sentimiento es la fuerza que mantiene cohesionado al universo.

Uno de los grandes méritos en el tratamiento que le da Pardo al tema del amor es que transformó la congoja, la amargura,  la tristeza, el dolor, el sufrimiento y la soledad en una experiencia positiva y espiritual, con cualidades salvadoras, volviéndolos en instrumentos de purificación y de ascensión espiritual. La voz lirica termina como en una aspiración mística.

2.1.4.3.                    Poeta místico

 

Desde la existencia terrenal, el poeta busca alcanzar el grado máximo de unidad con lo divino a través de visiones o éxtasis místicos muy similares a los acontecidos por poetas cristianos. Dice Andrés Holguín que Pardo es un “místico sereno” (1947: 169). Aunque a Pardo le molestaba que lo relacionaran con el misticismo como lo expresa en su correspondencia del 24 de junio de 1970 (Dickson, 1974: 271), allí él poeta sostiene no hay en sus poemas ningún sentido teleológico ni religioso. Pardo hace clara su posición frente a las religiones, manifestando que ellas son bellas historias míticas: “Me distancié de ese mundo, fantástico,  de leyendas hermosas, porque llegué a la conclusión de que son eso nada más: leyendas. […] Pero yo no tomaría esos códices inmortales como guías para la perennidad del alma, inexistentes, tanto el alma como la perennidad” (1974: 278). Esta afirmación está sustentada poéticamente en el siguiente fragmento:

A pesar de mis símbolos católicos,

te amé por panteísta y por idolatra. (1945: 41)

Al leer la poesía de Pardo se deduce que su religiosidad no se fundamenta en ninguna norma o moral instaurada sino en un profundo sentimiento que le viene de adentro, una intuición fundamental, primaria y esencial de lo divino, que lo conduce a una unión “mística” con Dios, no con el Dios cristiano sino con un Dios que está en todas las cosas:

Y conmovidos por un dios al que yo nombro:

Dios Viento,

Dios Espuma,

Dios Madera,

Dándole con sencillez las manos

en el momento mismo de empuñar la hoz (1954: 70-1).

Un Dios con el cual el poeta se comunica con el universo y esa comunicación es la conciencia de pertenecer al todo. Parece ser que para Pardo no existe Dios fuera del hombre y de la naturaleza.

 

2.1.4.4.                    Soledad y Angustia

 

Hay varios tipos de soledad. La soledad física o emocional, que es aquella ausencia de una relación con otra persona, la soledad social que es la falta de integración a un grupo y la soledad espiritual, que tiene que ver con el ámbito trascendental. Creo que este último tipo de soledad es la que se evidencia en la poesía de Pardo. Una soledad que le permite conocerse a fondo, entrar en contacto consigo mismo, con su alma, y entrar en contacto con el cosmos. Nos dice Alfredo Trendall: “La soledad y el cosmos, diría yo, son dos temas que atraviesan íntegra la obra de Pardo García…” (1974: 4). Ciertamente el tema de la soledad es frecuente en la obra de Pardo. La soledad comienza a esbozarse en Los júbilos ilesos (1933) con cierta alegría. La soledad le permite encontrarse con el universo y consigo mismo:

Sabed: esta es mi sangre,

capaz de sostener mi soledad,

y yo os la entrego, transformada en vida (1933: 15).

En Los canticos (1935) la temática de la soledad se desarrolla ampliamente. Algunos ejemplos de los textos que aparecen en este libro son “Agua de soledad”, “Soledad del amor”, “Voz en la soledad”, “Lágrima de la soledad”, “Dialogo en la soledad”,  “Esplendor de soledad”, “Estrella de soledad”, “Soledad de la alegría”, entre otros. El poeta la alaba y ensalza como objeto de adoración, marcado con un tono entre nostálgico y doloroso:

Soledad implacable, que aprisionas

mis sienes con tus pálidas coronas.

Cáliz de elevación, ánfora inerte (1935: 48).

En la Revista de las Indias aparece un ensayo titulado “La frecuencia de Silva en mi espíritu”. Allí se pregunta el poeta Pardo: ¿y qué es la soledad? Y el mismo se responde: “Y hallé que tenía de ella un concepto vital, afirmativo, masculino y creador. No la soledad del ser enfermizo sino la soledad del hombre que se enfrenta a la vecindad del cosmos, del caos, en busca de una verdad, y regresa a sí mismo”… (1946: 186). En Los canticos (1935) La soledad es asumida por la voz poética como un estado esencial que enriquece la experiencia vital permitiéndole encontrarse con el todo. En su libro Poderíos (1937) la soledad vuelve a ser un tema medular, allí el hombre esta angustiado, indefenso, horrorizado:

Por medir la oscuridad

grité en la sombra, angustiado,

y el grito, profundamente

quedó en la sombra temblando (1937: 58).

En el libro Presencia (1938) la soledad se manifiesta en el apartado titulado “Presencias”  en donde el poeta habla de una soledad que no es la del abandono sino una soledad muy personal, algo que sólo le pertenece al poeta, una soledad en la cual no haya morada el corazón porque fue devorado por la angustia, una soledad que no sirve de refugio; una soledad sin solitario:

Como quien va hasta la casa

de un amigo a consolarse

y se encuentra en sus abismos

con el corazón de nadie (Pardo: 1938, 55).

Otros poemas sobre la soledad son “Figuras para la soledad” en Sacrificio (1943) y “Apoteosis de la soledad” en Lucero sin orillas (1952), entre otros.

 

 

2.1.4.5.                    La muerte

 

El tema de la muerte y la conciencia de la muerte, es preponderante en Germán Pardo García. Manuel Scorza, en el prólogo del libro Acto poético, dice que el tema la muerte rebasa por mucho el tema de la soledad (1954: 17). La muerte tiene varias caras en la poesía de Pardo García. En palabras de Arenas: “En su afán descubridor mira dentro de sí y se asoma a las regiones íntimas. Don Germán vacila en su mirada hacia adentro entre un sentimiento de soledad y amargura y uno de rebeldía y gozo, entre el desafío y la aceptación de la muerte, y entre los reinos de la luz y los de sombra (1974: 34). La muerte es abordada de diversas maneras por Pardo García. En algunos de sus textos la muerte está rodeada de soledad y abandono,  provocando desesperación, angustia y temor. En otros poemas es asumida con resignación.  Contrariamente, hay un grupo de poemas donde la voz poética reta, confronta y se resiste a la muerte. Por otro lado, desde los principios panteístas del poeta, la muerte puede servir como un paso previo para lograr la unidad con el cosmos. Esta integración hace que se pierda el temor a la muerte y se vea como un estado en el eterno ciclo, que inicia con la descomposición de la materia y continúa recomponiéndose desde la raíz hasta el fruto que provee la nueva semilla, un tiempo cíclico de permanente renovación.

En el libro Voluntad (1930) viene el poema “Oh sangre” (1930: 47); en este texto la muerte es vista como un sueño de paz que fluye sin pena, como una noche de paz, como un lugar de reposo En el mismo libro aparece ya el concepto panteísta de la muerte, debido a que la vida no termina sino que se transforma en un nuevo elemento de la naturaleza como una flor, el aire o la luz:

Yo he dicho: no podrá

borrar mi vida  el soplo de la Muerte,

porque mi cuerpo habrá de transformarse

en flor, en aire, en luz  (1930: 100).

Pero luego duda de lo dicho y refuta, dice que se desintegrará y no logrará reunirse ni en la flor, ni en el aire, ni en la luz que será para sus ojos sólo oscuridad. Se enfrentan en el mismo poema dos conceptos sobre la muerte, el de la materia que no se acaba sino que se transforma y el de la muerte como momento definitivo sin ninguna trascendencia.

En el poema “El instante” manifiesta cierto miedo a la muerte, negación y angustia, pero su voluntad continua activa para enfrentarla.  La muerte se aleja del poeta y la vida está más cerca, como se evidencia en “La vida”:

Cada vez más cerca, oh, vida,

cada vez de ti más cerca (1933: 124).

En sus cantos de alabanza pertenecientes a Los canticos (1935) viene el poema “Dialogo en la soledad” donde el poeta dialoga con la muerte y la asume resignadamente sin ninguna resistencia, desacralizando el concepto mismo de la muerte:

Hablo contigo, oh Muerte, en la dulzura

de esta paz que rodea mi morada.

Hablo contigo, en voz iluminada,

sin que mi lengua tiemble de pavura (1935: 61).

En este poemario la muerte es representada con símbolos de luz, es un esplendor divino hacia el cual el poeta se dirige sintiendo sus ardores, llamándola camino de esperanza. Profesa júbilo al imaginar que abre las puertas de la muerte para conocer sus misterios, por eso no siente temor sino gozo al transitar por un camino de profundo silencio y esplendor. Hay regocijo y alegría. La muerte es vencida por la alegría de su espíritu:

Yo estaba muerto y soy resucitado.

Alegría triunfal, porque he llegado

a la vida. Alegría en la memoria

sólo de asombros infinitos llena,

y la alegría en la voz, donde resuena

el cantico inmortal de la victoria (1935: 84).

La muerte se presenta como la oportunidad de integración con todo el universo. Es la manera de conocer el amor pleno, el amor universal,  por eso la emoción está colmada, triunfante, hay gracia pura y abundante, porque la muerte no es un final sino un eterno retorno a la unidad, al deleite del amor y de la existencia:

Cumbre de la alegría y primavera

del corazón, que así, no más quisiera

sentir la luz de la pasión ungida

sobre sus hondos júbilos impresa,

y retornar, en su unidad ilesa,

al gozo del amor y de la vida (1935: 96).

En el libro Poderíos (1937) la muerte adquiere un matiz diferente al presentado en sus anteriores libros, aquí la muerte adquiere un matiz lóbrego y con matices de angustia. La voz poética es taciturna, sombría. El poeta cae en la congoja, en la desolación y el desamparo. La muerte es vista como algo doloroso, amargo. Siente miedo a la muerte, contrario a la alegría que antes le profesaba. Pero ante este temor la voz poética reta a la muerte, la desafía:

Oh, ven y desata tus trenzas de sándalo y ébano.

En tus grandes abismos, abísmame.

Con tu sangre de vida se junte mi sangre de muerte.

Tu sangre y mi sangre, más honda y antigua que el mundo (1937: 36).

En su poema “Poderíos” el espíritu parece ser prisionero de un cuerpo y la muerte la posibilidad de su liberación, el triunfo de la vida:

Mientras afuera, sobre el mundo, hay pájaros

en las frutales ramas del estío,

dentro de mí una angustia de alas prisioneras

se agita sin cesar contra los muros

que amparan la tiniebla de mi espíritu (1937: 55).

La muerte es desacralizada en “Presencia de la muerte” (1938: 41-2). Allí el poeta evoca recuerdos de su infancia y por eso habla de ella con ternura, recordando las historias que le contaban para asustarlo en su antigua casa familiar, donde sentía tanta soledad  como ahora en su adultez.  Se coloca las manos en el pecho esperando su aparición como la llegada de un amigo. En los demás textos del poemario Presencia (1938) hay dolor, angustia; el amor se agotó, sólo le queda la soledad de no pertenecer a nada.

En Las voces naturales (1945) el tema de la muerte es asumido desde una visión panteísta donde el hombre se integra con la naturaleza logrando la unidad plena, la savia universal circula por los días y los seres, tierra y cielo se juntan en la eternidad de las atmosferas, y vida y muerte son una sola unidad:

Para que así me alcance

la purificación de las criaturas

que inmaculadas viven debajo de la tierra,

confundidas con el espíritu de los muertos

y   los seres incorporados a la unidad (1945: 21-2).

 

 

2.1.4.6.                    Compromiso social

 

Una de las facetas más interesantes en la poética “pardiana”  tiene que ver con su decidido compromiso social.  Él no es el lírico de la “torre de marfil” ni mucho menos un rapsoda escapista, por el contrario su poética se preocupa por su tiempo y por los tiempos venideros. En su poema “Por los humildes” Pardo se reclama como el poeta de los humildes, de los que tienen sus manos esclavizadas:

Yo soy vuestro poeta,

manos esclavizadas (1930: 75).

La poesía humanista de Pardo García no denuncia, no es moralista, simplemente muestra. En “Misión actual del poeta” escrito en Repertorio americano afirma: “delante de la violencia acumulada sobre la sangre del hombre presente, el poeta debe ser apóstol de paz y misericordia (1950: 152). En su libro Poemas contemporáneos (1949) aparecen textos como “Una rosa padece” en donde hace una clara la alusión a los campos de concentración Nazi. A los judíos los representa como rosas que padecen y a los nazis los referencia como “amenazadores perros de batalla”:

pudiera ser un hombre y oprimir con las manos

los estambres de acero,

las eléctricas púas.

Proclamar su esperanza

y en la sombra erigirla cual celeste bandera.

Pudiera ser un hombre, pero sólo es un iris vegetal, una rosa

detrás de un campo de concentración,

custodiado por amenazadores perros de batalla (1949: 2-4).

El rechazo a la II segunda Guerra Mundial es notable en este libro. Pero no sólo a este conflicto sino a todo lo que represente a lo bélico en general. En su poema “Yo no soy un soldado” (1949: 6) el “yo estético” asume una posición ética como una especie de objeción de conciencia frente a lo militar. Cuando los batallones van o vienen de la guerra, él simplemente es un espectador entre las gentes humildes. La voz lirica se niega a convertirse en un soldado porque su nación es defendida por álamos y tilos, su heroísmo es el de las brisas y las nubes, su corazón es civil. En la “Elegía a los muertos actuales” se le canta a los muertos de mitad de siglo, los que bajo férreos antifaces ocultan el dolor de la trinchera, los que carecen de tierra, a los que:

Les negamos el nombre y los muertos sin nombre

ya no son ni la sombra, ni el dolor ni el naufragio (1949: 22).

Tal vez uno de los poemas más sociales y críticos sea “Atómica flor” en donde se hace referencia metafórica a la estela que dejo la bomba de Hiroshima y que mató a miles de japoneses. Una flor cataclísmica, con un sol fulminante en cada pétalo, de raíces dramáticas que avanza violando atmosferas, aturdiendo, quemando, exterminado, una flor extranjera que trae desolación sobre todo lo creado, una flor abortada por el infierno. Dice Pardo en su carta fechada el 18 de septiembre de 1969 que “Siempre he querido cantar a los mayores acontecimientos humanos, cuando estalló la primera bomba atómica sobre Hiroshima, fui el primero en condenar en mi poema ATÓMICA FLOR la destrucción masiva de la humanidad” (Dickson, 1974: 266). Es obvio que Pardo García sintió mucho dolor y repudio por la bomba de Hiroshima y fue, según Luis Leal, “el primer poeta americano que protesta contra los asesinatos en masa por medio de los eficientes aparatos de guerra.” (1961: 153-4)

Todo fue inerme ante la flor atómica,

sostenida por un tallo marítimo

de hirvientes espumas,

escamas de peces

y cadáveres de madréporas (1949: 32).

2.1.4.7.                    La ciencia, la tecnología y la exploración del universo

Pardo cantó motivos venideros de la ciencia, pues poéticamente asume elementos, lenguaje  e imágenes de la era espacial, tecnológica y científica. Dice Dickson “A chronological examination of the images derived from the three major sources–mathematics, physis, and astronomy– shows that in each area Pardo Garcia expands his repertoire of vehicles over the years” (1974: 139). Si el hombre moderno explora el universo con un afán científico y racional, el poeta explora el universo con un afán estético y subjetivo que pasa de lo físico a lo metafísico. Pardo logra liberarse de las limitaciones terrestres para abrirse al infinito. Pardo siente admiración por los hombres de ciencia debido a que ellos están indagando permanentemente en las cosas para tratar de hallar algo nuevo. El poeta como el científico siempre está explorando lo desconocido. ¿Podrá acaso la ciencia resolver lo que el poeta no ha podido?

¿Vais a recuperar la primitiva altura

del espíritu

con vuestro salto atmosférico? (1954: 80).

La ciencia y la tecnología, los viajes al espacio y la vida del hombre moderno son temas itinerantes que sirvieron de pretexto para indagar en el cosmos. Según Dickson “Most of this exploration of modern man has focused on three major areas: the technology of modern war, the epic of the exploration of space, and modern industrial technology (1974: 129).  Pardo en principio creía en los avances de la técnica y la tecnología para dominar el universo y hacer de este un lugar mejor para los humanos. La ciencia y la tecnología se presentaban ante sí como el gran sueño poético; explorar el interior físico y químico de los objetos, explorar los astros y el conocimiento del universo era también la conquista del universo psíquico. Los poetas que tantas veces le cantaron a la luna podrían ver su sueño hecho realidad con los viajes al espacio.

Pardo logra ser intuitivo a través del símbolo, adelantándose al 16 de julio de 1969, en 1954  visualiza la llegada del hombre a la luna y su gesto colonizador de ubicar una bandera sobre el astro conquistado:

conducidme a la destrucción o a un triunfo altísimo,

y dejadme compartir vuestro júbilo frenético

el día en que plantéis

las banderas de los hombres entre los astros (1954: 81).

La exploración de universo era vista como una  posibilidad de progreso, pero con el devenir del tiempo, esta visión cambia al notar cómo el hombre empieza a ser deshumanizado y cómo la tecnología afecta a la tierra. El futuro se presenta con tintes desesperanzados. El progreso científico y material trae consigo la pobreza espiritual. Pardo duda de su fe en la tecnología. El poeta que pasó de un mundo rural a los anillos de Saturno, a las estrellas, al cosmos; finalmente termina regresando a la tierra:

Yo, el más árido y tenaz explorador del Universo,

estoy firme otra vez sobre la Tierra (1954: 87).

 

Germán Pardo no sólo explora el universo, también se sumerge en las profundidades del océano, en los mares y en los mundos marinos, como sucede con los poemas “Mar enemigo”, “Naves en la tierra”, “Islas de sed” publicados en Sacrificio (1943). De su libro Lucero sin orillas (1952), el poema “Destrucción bajo el mar” y “Al volver de los bosques”, y de Voces naturales (1945) “Bob Maimes, Mozo de mar” y el famoso poema “Vulgar elogio marino”:

Y, por último, mar de los escombros

astrales y las altas agonías,

oyes pasar las sombras y los días

con tu viejo pelicano en los hombros (1945: 92).

A pesar de ubicarse a la vanguardia de los avances tecnológicos y científicos, Pardo nunca olvida los mitos grecoromanos, en U.Z. llama al espacio se identifica con el espíritu rebelde de Prometeo y con Dionysio:

¡Soy Dionysios,

un trágico Dionysios,

elevándose deslumbrador frente a la angustia de una cruz! (Pardo: 1954, 31).

 

Para concluir podríamos decir que la forma poética preponderante en Pardo García es el Soneto, usando los siguientes esquemas ABBA ABBA,  y CDC DCD o CDE CDE.  Algunas veces los cuartetos son sustituidos por serventarios ABAB ABAB; o por la unión de un serventesio y un cuarteto, o la de un cuarteto y un serventesio; esto es, ABBA ABAB o ABAB ABBA. Pardo no solo es un poeta clásico en la perfección formal, también lo es por su regreso a los mitos clásicos, por su yo romántico, por el uso de la frase misteriosa y a veces idílica.  Pardo es un conocedor de la poesía y sus diferentes estilos, de ello se desprende que recurra a los cantos, la elegía y también al verso libre. Su desapego a lo moral, su forma de operar sobre el lenguaje, su búsqueda de nuevos significantes logran imprimirle cierto sentido moderno. De ahí la afirmación de que su lirica se desplaza entre lo clásico y lo moderno.

Algunos rasgos de la poesía de Pardo son la autobiografía, el panteísmo como principio filosófico, el uso de epítetos, la personificación, las asociaciones de palabras y términos de manera inusual, el uso de tecnicismos y neologismos,  el metalenguaje propio del campo de las ciencias, la terminología mítica de Grecia y Roma y de la religión cristiana, la química, las matemáticas, la biología, la astronomía, la era espacial, la guerra y la tecnología, el lenguaje erudito o de uso restringido y la creación de mundos oníricos, psíquicos y sensoriales.

Pardo explora en el alma de las cosas tratando de hallar su esencia; para ello penetra tanto en los microcosmos como en los macrocosmos, tratando de hallar los secretos del misterio primordial de todo lo creado; es su manera de adquirir la estirpe de demiurgo que sólo le es posible al poeta. Frecuentemente se plantea dilemas existenciales como la vida y la muerte, el amor, el olvido, la trascendencia, el universo; algunas veces desde una mirada angustiosa, otras con resignación o al contrario, con rebeldía e insubordinación.

El mundo que anhela espiritualmente el poeta es el mundo de la poesía, un mundo atemporal, invisible, inagotable. Un mundo íntimo y misterioso. Por eso su búsqueda es precisamente el universo de lo inaprensible, de lo que no podemos tocar, mirar, alcanzar, el lugar primordial de todas las cosas.

Pardo es un poeta de opuestos que se complementan para reafirmar ideas, un creador de extremos, por eso se desplaza de la luz a la oscuridad, de la muerte a la vida, de la tierra al espacio, del presente al pasado, del hoy al futuro, del mito a la ciencia, de las profundidades del espíritu a la inmensidad del universo.


[1] Biografías completas sobre Germán Pardo pueden leerse en la disertación doctoral de Arenas (1971) y en la introducción titulada “Etiología y síndrome de una angustia” que hace el mismo Pardo García en Apolo Pankrator (1977, XI-XLVI).

[2] Enfermedad crónica de la médula espinal.

[3] “Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s